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La Coctelera

evitanoinventarte

para los afónicos de la h

Categoría: verborrea cotidiana

3 Junio 2007

Anuncio por palabras

Piso céntrico, cinco dormitorios,habitacianes de más para por si acaso.. todo lujo, tres cuartos de baño o cinco según incontinencia del comprador, calefacción central,despensa de regaliz y neopreno, teléfono, gas, ascensor, montacargas, terraza, botiquín, puertas para salir y para entrar, alejado de notarios e inmobiliarias, insonorizado para insultos y calumnias; 120 euros mensuales.

Nada, esto no hay forma de encotrarlo.

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22 Mayo 2007

ANOMIA

Tenía los ojos pequeños como dos cagarrutas de koala, ojos impúpilares, de un azul neutro capaz de transmitir todo el dolor y la frustración de más de una adolescencia traumática. Ninguna inquietud, ningún anhelo, ningún interés por saber qué pasaba al otro lado de la puerta de su casa, cero síntomas de vida. Tan sólo el anhelo de compartir el sofá con un hombre por el resto de la vida. Un mequetrefe que le diera un hijo para adherirlo a su modo de vida triste, monótono y marrón. Un niño con óxido en las venas era lo que insinuaba a cada hombre que conocía.

Con la suerte envenenada de quién no quiere reprochar nada al destino, acepté con resignación la llegada de su presencia al bloque del pipi can donde residía. En principio asombro y simpatía por la recién llegada, en transcurso indiferencia y educación y al final fui presa de mi resignación.

Mientras vivían juntos, nosotros y todos los perros de la comunidad estábamos tranquilos, pero cuando aquel novio suyo no quiso confundirse más con el sillón y decidió independizarse e indagar qué cosa había tras la puerta y los trapos de cocina. Los aullidos de perros y vecinos auguraban un mal futuro. Esa mujer irradiaba odio.

El esperpento nos acorralaba.

Las dos cagarrutas azul neutro desprendían agua a mansalva que desendulzaban aún más las facciones de su rostro, siempre estaba llorando, siempre quejándose, continuamente lamentando la ausencia de su compañero de butaca. ¿Cómo es posible, que tenga interés por cruzar el umbral, cómo es posible, que quiera vivir sin mí, qué hay más interesante que yo, que mi persona, que mis trapos, que mi cocina? ¿Cómo es posible que me haya suplantado por la tecnología de un reproductor de MP3, por un Discman, por unos CDS? ¿Qué le dan esos chismes, que yo no pueda darle? ¿Acaso le ofrecerán pasteles, besos o panallets?

De tanto lamentarse y tanto lagrimeo, las pupilas emigraron a un escaparate de la calle Balmes siendo sustituidas por un color blanquecino de niebla gris polar.

Cada vez que la mirabas perdías un pedazo de juventud, te absorbía en un embudo acre de desazón, te hacía olvidar los motivos de vivir y el equilibrio de tu ecuación vital se transformaba en un logaritmo sin solución.

Te arrastraba con su ira, su incomprensión, eran los ojos de la nada el ‘’ horror vacui’’ enmarcados entre pestañas húmedas. Si te detenías más de lo indicado en mirar podías volverte de musgo y sal. Solo estabas a salvo cerca de su sillón, donde estaba tranquila, apaciguada, cómoda e inofensiva. Cualquier alejamiento más de la cuenta era una amenaza para ella, una psicosis, un: ¡He perdido el rumbo! ¡Fuego! a los teóricos que alardean de curiosear por ahí, de divertirse, de inmunizarse al miedo amenazador de un mundo injusto, un lugar peligroso e inseguro para las almas que se creen libres.

Yo huía de su presencia, adelgacé cinco kilos de desazón por estar junto a ella haciendo de buena cristiana: escuchando, poniendo la otra mejilla, teniendo empatía, introduciéndome en un mundo de llagas e incomprensión dónde era ella la buena, la sufridora, la bien encaminada, la hacedora de crocanti, la perfecta compañera, la superlativa madre, la embelesada amante. La perfecta casada.

Me cobijé en las calles de pis y zotal de nuestro barrio, mientras contemplaba cómo los perros adoptaban formas de zepelling y bombas nucleares. ¿Dónde estaban los animales del Pede gripan? ¿Dónde estaban los amigos fieles que movían la cola de lado a lado y no de arriba abajo? ¿Dónde estaban aquellos animales que hacen más claras las diferencias entre el domador y el domado? ¿Dónde están las siete diferencias entre el civilizado y el que no lo es?

Todos empezaban a deformarse y a convertirse en bestias de ojos nebulosos, muestras de taxidermia con algo de vida azul neutra.

Con el transcurso de los meses, ella iba encorvándose y empequeñeciendo hasta quedarse canija del todo. El cuerpo se le quedó pequeñito a razón del tamaño de su cerebro sofaleño. Canija de rabia empezó a buscar novio por doquier, en discotecas, pubs, salas de fiesta fruterías, quioscos, pescaderías, anuncios de periódico, chats, dentro de botellas abandonadas en el mar, dentro del envoltorio del Nescafé, dentro de los huevos Kinder, dentro de los barcos de miniatura, bajo los escombros del Carmelo, bajo los raíles del tren, tras los armarios empotrados, en las alcachofas de la goma del butano, en el “rasca y gana”, en los posos del café. Cuanto más buscaba, más se aferraba a su dolor, más se desesperaba, más reivindicaba su derecho a ser feliz, más te exigía que la compadecieras, que la entendieras. Que te metieras tu felicidad por algún orificio inocuo para que ella no pudiera sentirla ni envidiarla y regocijarse en las penurias de su existencia.

Siguió escarbando hasta que empezó a buscarlo en niños que aún no hubiesen nacido, hijos de la apatía, en vástagos adolescentes e inocentes, en pequeñas criaturas, sobrinos, primos o hermanos. Incluso empezó a mirar de soslayo en las barrigas de las embarazadas. Si tenía amigas que estaban de más de cuatro meses, las acosaba hasta que se enteraba de que sería una niña, no sin antes cerciorarse de que la futura madre no mentía, ni ocultaba la venida al mundo de un santo varón.

Las perseguía con disimulo a las consultas del ginecólogo cuando les dictaminaban el sexo del feto.

Fingía que pasaba por allí con el único fin de calmar su sed enfermiza de amor conyugal disfrazada de simpatía y preocupación por la buena esperanza.

Cogió su desesperación bajo el brazo y se instaló en los hospitales en busca de nuevos bebés incorruptibles a las tecnologías y otras inquietudes.

Ella se sentía con el derecho irreprochable de ser amada y de conseguir lo que buscaba saltándose todos los tratados de ética y moral escritos por machistas como Aristóteles, que nada saben del amor de una mujer.

Su nerviosismo rozaba lo patético.

Buscaba varones fértiles inapetentes de experiencias, aquellos que estén tocados por el halo de la indiferencia, esos eran sus favoritos. Aquellos que no tuvieran el más mínimo interés ni por la vida ni por la muerte. Aquellos que no tuvieran el gen de la curiosidad. Aquellos que lo mismo les diera ocho que ochenta. Aquellos que tuvieran cuerpo de tresillo.

Igual que un ser de ultratumba esperaba en los paritorios una señal que la hiciera saber qué aquel era su hombre. Una prolongación de ella, un ser insignificante que no tuviera ningún interés por alejarse de una butaca, que no mostrara resistencia a la pasividad, que no hablara por no pecar. Alguien que comiera y viviera por rutina.

Cada vez que su cerebro pintaba la idea, se le iluminaba el cráneo de verde niebla esparciéndose de arriba abajo, emitiendo un olor a azufre y mimbre.

En el rincón de la sala de espera esperaba una señal:

Una mujer entró en la sala con las rodillas hinchadas y desprendiendo líquido amniótico por los tobillos. Con un transistor japonés pegado en la oreja y la tranquilidad más espasmosa del mundo, la mujer estaba a punto de dar a luz en el ascensor.

La verde niebla se esparcía en gorgojos de alegría y esperanza.

Enfermeras y comadronas bajaron corriendo en su busca con el suero a cuestas y epidural en mano. Pero la parturienta ni se inmutó, ni hizo ningún gesto de preocupación, ni sobresalto. Ella misma interrumpió su propio parto, cerró las piernas con fuerza y cambió el dial de su radio de bolsillo. Se oponía a parir y hacía fuerza hacía sus adentros. Hacía un interior oscuro y perturbado.

El camillero y dos de sus ayudantes sudorosos la cogieron y la dispensaron en una camilla, mientras apretaban el botón de la tercera planta.

La paciente dijo que no daría a luz, que no haría ningún esfuerzo para traer un ser vivo a este mundo cruel y malvado.

Poco le importaba a ella que el recién nacido viviera o muriera, ella solo quería descansar.

Sin soltar el transistor japonés gritaba que estaba cansada. Se desgarraba las cuerdas en más de un murmuro de desprecio hacia la vida y odas hacia la muerte no solo odiaba la vida si no que ansiaba la muerte y despreciaba todo lo vivo. No quería ser el albergue de un embrión de vida.

Ella siempre había pensado que estaba muerta o por lo menos decía no sentir nada, vivía creyendo que no estaba viva.

Sin salir de su asombro el personal médico accedió a sus peticiones sin rechistar y decidieron no forzar el parto.

Tres días después nació un bebé varón que ni sentía ni padecía, ni lloraba, ni gemía, ni comía, ni bebía.

Nació con ojeras y cansado, nació a desgana, sin entusiasmo por haber traspasado la frontera intrauterina.

Tal vez porqué conocía su destino.

Tenía color de moqueta apaleada que recordaba a los platos de reality show americanos.

El niño olía a acero y a cinc. Olor que se entremezclaba con azufre y mimbre de la esquina de un mullido diván.

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9 Mayo 2007

Mochi y Mocha

Mochi y Mocha habían compartido tiempos difíciles en el pasado. Habían absorbido toda clase de sustancias líquidas y no tan líquidas. Habían pasado de edificio en edificio la mayor parte de su vida y en ocasiones parte de los exteriores que distaban de sus armarios. Habían hecho trabajos sucios y muy duros durante su existencia tan arrastrada pero útil para los demás. A estas alturas de su vida casi le quedaban quizás unos diez o doce tiras de Vileda en sus cabelleras y presentían un final catastrófico. Mochi era la más aventajada porqué su cuerpo era de titanio fino pero su cabello absorbente se desprendía con facilidad, mientras que Mocha tenía un cuerpo de aluminio pero disponía de una quijotera favorecida por muchísimas tiras absorbentes.

Se conocieron en un charco de la calle Sarriá una mañana de grandes lluvias Mocha xucló todo el agua del badén de la entrada principal del portal de las oficinas, tras muchos va y venes al cubo de aclarar. Mochi simplemente dio el toque final que hace que las inundaciones, charcos y otras catástrofes acuáticas se conviertan en un terrible recuerdo para el portero del edificio.

Automáticamente se convirtieron en la pareja perfecta Mocha absorbía mientras que Mochi daba el toque perfecto.

Como toda existencia normal para seres no humanos el tiempo las galardonaba con ascensiones de prestigio y poder. El buen trabajo era remunerado con subidas de categoría.

Ambas, siempre en compañía, iban subiendo a otros pisos donde se requería de sus servicios; del portal pasaron al gran ascensor de hierro que cargaba con los abogados de la planta undécima del edificio, del ascensor pasaron a disposición de los

Administrativos, de los oficinistas pasaron al bufete de abogados, no sin antes pasar por el purgatorio durante largo tiempo. La consulta veterinaria del señor Andréu. Dónde se amontonaban perros y gatos citados para ser desparasitados, vacunados y castrados para comodidad de sus amos. Los pobres animales inocentes llevados allí en contra de su voluntad eran víctimas en numerosas ocasiones de los descontroles de esfínteres debido al tamaño de los bisturís del doctor Andréu, tan horribles como imprescindibles, para llevar a cabo el deseo de sus dueños.

Que si una meada de un gato de angora, que si un vómito de bóxer, que si unos moquitos de caniche, que si una manada de pulgas huyendo de un chimpancé. Estos y algunos más fueron las tareas de nuestras bienaventuradas fregonas durante más de un año.

De tal neurosis Mocha se arrancó todos los pelos de la cabeza y Mochi se oxidó de tanto dolor. Las confiscaron y las metieron en un cuarto oscuro del undécimo piso dejándolas así en el olvido lúgubre de aquel lugar. El olor a orín y humedad las obligaron a olvidarse de sus principios absorbentes y se sumergieron día y noche en abundante agua y espuma que les devolvió el lustre. Con ayuda de vinagre, amoniaco y una gran dosis de desodorante Don Limpio recuperaron fuerzas, energía y vigor. Se hicieron las dueñas del cuarto oscuro y chupito a chupito se corrieron grandes juergas de lejía y Xampa.

El Xampa era demasiado fuerte para ellas y cuando lo tomaban en exceso se soltaban el pelo y soñaban en voz alta que limpiaban grandes salones de mármol.

Pasó el tiempo y se hicieron obras en el edificio reconstruyendo la sala de juicios del piso superior.

La instancia se abría con dos grandes portones ingleses hechos de roble canadiense, los pomos eran de plata y cada puerta media más de dos metros de altura. Al abrir ambas puertas el sol cegaba con un brillo intenso que filtrado por las cortinas blancas que colgaban de las más de seis ventanas góticas de la sala aumentaba aún más ,si cabe, los destellos de luz. Los bancos, también de roble estaban situados bajo una lámpara de tintineantes cristales que semejaban diamantes al trasluz.

El suelo era lo más increíble de todo. Mármol blanco puro, sin tallas ni enjutas, ni nada que sospechara que lo hubiera colocado la mano del hombre obrero. Si no más bien colocado por algún séquito de Ángeles de Preexcíteles diseñados por el mismísimo Miguel Ángel.

Mochi y Mocha pasaron a formar guardia en el salón principal del juzgado. Extasiadas al contemplar semejante superficie misericordiosa no dejaban de ir de aquí para allá quitando los más mínimos rastros de imperfección que osará acercarse al blanco nácar.

Se colocaron como dos figuras de poder, justo a la entrada junto a los portones de roble. Parecían dos bobees de Inglaterra, erguidas, soberbias y orgullosas olvidaron con la rapidez del rayo los tiempos de gatos y perros que habían pasado. Esta era su recompensa.

Como guardianas del lugar decidieron crear unas normas de selección para quien distorsionara la armonía de la sala. Vetaron el paso a todo calzado provisto de restos de barro, suciedad, agua o cualquier síntoma de impureza que perturbara aquella armonía. Por el contrario si asomaba un calzado limpio, aseado, impoluto y reluciente no dudaban en ceder el paso.

Cada vez eran menos los calzados que tenían derecho a entrar en este lugar. Los limpios y puros entraban, mientras que los sucios e impuros no.

Ellas se volvieron holgazanas porqué apenas limpiaban nada de nada. Eran cómodas y gandulas y volvieron a engancharse al Xampa por aburrimiento. En más de una ocasión perdían la cabeza y eran amonestadas con importantes sanciones en sus expedientes.

El portero subió en el ascensor con su mono de tirantes azul desgastado. Se dirigía al duodécimo piso un día de mucha lluvia. Se acercó a Mochi y a Mocha de forma discreta pero directa y sin más preámbulos ni explicación les separó el cuerpo de sus secas melenas. Con los cuerpos en sus manos sustituyó las cabezas por otras más anchas y estilizadas con grandes pelanas de algodón y las dejó colocadas en el mismo lugar de guardia.

Cogió las cabezas juntas en su mano y las declaró inservibles por aquel insoportable olor a Xampa que no se quitaba con ningún disolvente.

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Sobre mí

Nostálgica de relojes, coleccionista de segundos atrasados... adicta a las patatas chips,al café, al regaliz, a los chicles de menta alargados, al inconformismo intelectual y existencial, a la buena música, al buen baile, a las excursiones de la costa brava y a los viajes baratos. Mis mejores historias las he escrito en la cola del Inem ,en la sala de espera de la seguridad social y esperando a que una cabina de telefóno me devuelva el cambio. Soy de la generación de la mircromina, la bola de cristal, Un, dos, tres, Barrio Sesámo, Pipicalzaslargas, Mortadelo y Filemón. Estoy a favor del botellón, contra la especulación y las normas uniformadas... Voy sola al lavabo, aparto la almohada para dormir y no me peino nunca, me muerdo los padrastros aunque nunca las uñas, no me gustan los caracoles, ni los toros,ni los callos y nunca he sabido de memoria la lista de los reyes católicos pero siempre he acudido a votar. No sé hablar inglés, hasta hace poco pensaba que Simon & Garfunkel era una misma persona..

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