Entro en el local con dos de mis amigas guapísimas. En la pared hay incrustadas pantallas de plasma de unas veinte pulgadas y botones enanos de colorines que recorren los laterales de arriba abajo. A la izquierda una barra rectangular iluminada de un color blanco mate que contrastan con la luz Alíen del local.
Al entrar todo el mundo se me queda mirando. Yo, soy bastante feo, no un feo normal si no uno de los más feos que conozco. Porqué los feos sabemos que somos feos y nos fijamos mucho más a la hora de juzgar la no belleza y la imperfección. Somos jueces más severos cuando se habla en estos términos, puesto que hemos sido objeto de muchas críticas, de una manera o de otra, superamos a nuestros propios verdugos, tanto en la evaluación, como en el dictamen.
Ninguna ropa ni atuendo puede disimular mi fealdad, ningún perfume, ninguna camiseta de ultima generación, ninguna bamba diseñada por alguien de gusto exquisito, puede hacer de mí un feo discreto. ¿Qué clase de modisto sofisticado se inspira en la antibelleza para crear sus prendas? Soy, el prototipo perfecto de feo.
El pasillo desemboca en una sala grande con otra barra blanca más pequeña que la de la entrada y mesas repartidas con meticuloso desorden.
Voy a la barra a pedir unos combinados para mis bellas amigas. Ellas están acostumbradas a mi fealdad, por el contrario ellas son altas, esbeltas y guapas. Esas féminas que producen tortícolis en hombres y mujeres; unos se giran por envidia y otros por admiración.
‘’ Una ginebra y dos martines’’.
Con la luz blanca de la barra se aprecia más la asimetría de mi cara y la deformidad de mi boca, sin mencionar las marcas que delatan las visitas que me hace el ratoncito Pérez’. Con guantes y cara de asco la camarera me sirve las copas.
Una rubia que hay a mi lado se me queda mirando estupefacta y me sigue con la mirada a los pubs donde estamos sentados. Se pide una cerveza y se apoltrona enfrente de nosotros, sin quitarme el ojo de encima.
De mis amigas, a mí, la que más me gusta es CC; siempre huele bien, tiene un pelo precioso largo negro y rizado.
Yo cuento mis historias y ellas me escuchan como si fuese el mismo Mesías el que les está hablando. Sujeto un cigarro lleno de babas entre cavidad y cavidad de mi dentadura, en una carcajada se me cae al suelo y se llena de polvo y caspa. CC sin dudarlo, se agacha rápido para cogerlo, le da una fuerte calada, lo limpia bien y me lo pasa con un cuidado extremo para que yo pueda seguir fumando con el estilo y gracia que me caracterizan.
Suena una música tenue que insonoriza las conversaciones de los demás, inclusive la que está teniendo la observadora rubia con otra no menos observadora que ella que tampoco me quita ojo. Sin duda, están hablando de mi, bueno de mi fealdad. Lo sé porqué me miran y se ríen, se ríen y me miran.
Ahora es GG quién va a la barra a pedir unas copas, le atiende la camarera con gesto simpático. Yo sigo hablando con CC sin dar importancia a las cinco chicas que están junto a la rubia, mirándome sin parar. Diez ojos y cinco bocas, juzgándome, espiándome.
Vuelve GG.
_ ¿Qué harán estas chicas tan guapas con ese esperpento? Seguro que tiene pasta.
_ Yo he visto un flamante Porche en la puerta, ¿será suyo?
_ El tipo tampoco es que vista tan bien, lleva unos tejanos sin marca y unas bambas de la marca ‘’Tortóla’’. No creo que tenga mucho dinero.
_ Alguna explicación ha de tener si no a ver qué hacen esas dos modelazos con él.
_ ¡Vamos a sentarnos con ellos!
Los diez ojos y las cinco bocas se sientan a nuestro lado con sus respectivas cervezas y me hacen un gesto amigable de complicidad. Un pisotón, dos codazos y tres cigarros después. Me encuentro rodeado de chicas.
GG se las queda mirando de forma desconfiada, pero ellas hacen caso omiso.
CC se incomoda pero permanece a mi lado para limpiarme las boceras del Martini sin dejar de mirarme y escucharme. Mientras yo les cuento uno de mis viajes a la India.
Un grupo de chicos grunchs observan su alrededor buscando chicas para contarles lo extraordinario de su peinado y lo mucho que corren sus coches. Pero no hay ninguna mujer disponible en el local. Todas están sentadas conmigo. Me han hecho un corro, yo soy el epicentro. Un epicentro feo, horrible y nauseabundo.
La camarera que antes me miraba con asco, ahora me hace cosquillitas en el brazo y me insta a que cuente más historias.
_ ¡Habéis visto! el cuasimodo este se ha llevado a todas las churris del local. Seguro que está forrado y tiene un cochazo que las trae loca si no ya me dirás.
Después de tanto Martini, me levanto para ir al lavabo. Las cincuenta piernas me hacen la zancadilla para que no las deje solas y las prive de mi compañía. Pero en estos casos la vejiga manda.
Mientras me subo la bragueta, noto como alguien más alto que yo me toca el hombro en busca de comunicación. Me giro para tener contacto visual y verbal pero no me da tiempo, ni a lo uno ni a lo otro. Recibo un puñetazo en la mandíbula y caigo justo dentro del urinario. Me repongo y solo puedo escuchar insultos e invitaciones a que me vaya del garito ahora mismo, que deje a las churris donde estaban y que coja mi TT y me marche cagando hostias. Yo no sé de qué droga me están hablando e intento establecer una conversación. Un tipo con el pelo encerado me pega un puñetazo en el ojo y en el estómago. Caigo al suelo con tan mala suerte que doy con la cabeza en la taza del water. Una vez en el suelo recibo patadas, en la espalda, en el esternón y en la cabeza.
Cada vez veo más piernas a mí alrededor, pienso que estoy rodeado de la selección española de Camacho, furiosa por haber perdido aquel gol de Corea. Porqué no dejan de pegarme patadas por todo el cuerpo como si así descargaran toda su furia.
Como intento levantarme para defenderme y de nuevo entablar dialogo vuelven a convencerme con un cinturón de tachuelas de que mi sitio está en el suelo y que no se me ocurra levantarme. A todo esto no he podido mediar palabra con ellos, no me ha dado tiempo de hablar o mirarlos a los ojos, entre otras cosas porqué todos llevan gafas.
Tengo dudas, no sé si son ópticos o futbolistas. Cuando empiezo a convencerme de que seguro, que juegan en algún equipo. Barajo la posibilidad de que tal vez sean boxeadores, porqué acto seguido empiezan con los puñetazos en la columna vertebral, en la nariz y en las sienes.
Yo no puedo moverme, tengo terribles dolores y el olor a sangre ha diluido totalmente el olor a meado de mi cabeza. Empiezo a pensar que ellos son unos despreocupados, poco cívicos y definitivamente veo de una forma nítida, que no quieren entablar ninguna conversación. No tienen ningún interés en conocerme, en hablarme.
A ellos no les importa que yo tenga un quiosco. Que tenga una madre enferma a la que llevo al hospital todos los días por una enfermedad coronaria. Que tenga que trabajar en una granja los fines de semana para mantener a mi hermano paralítico. Que tenga que subirle a un ático, porqué no podemos pagarnos una planta baja. Que tenga que robar botellas de Ginebra en el súper de la plaza, para evitarle el Delirium tremens a mi padre.
Que duerma en los cajeros automáticos para procurarle a mi hermano un poco de confort. Que robo morfina en los ambulatorios para acallar el cáncer de mi abuela. Que hace más de siete años que no tengo vacaciones. Que nunca he visto el mar y que para mí un mes tiene más de cuatro lunes.
Ahora, tendido en el suelo boca arriba veo con un ojo medio abierto como una cuadrilla de niñatos con gafas de sol se ríen de mí, me señalan con el dedo, y uno que tiene unas gafas de cúpula de helicóptero, decide en ese mismo instante descargar su vejiga en mi cara.
Entre pis y sangre, percibo el olor a perfume de CC. Entra, se agacha y me limpia la cara con su vestido azul. Me levanta muy cuidadosamente, me apoya en su hombro y me remonta hasta la salida.
¿Otra vez? Me dice.
A ella sí que le importa que desde que salgo con ella tenga el cuerpo lleno de lesiones y magulladuras por ir agarrado de su brazo. Le importa que me haya quedado sin un diente. Le importa lo que digo. Le importa lo que sufro. Le importa el recorrido de mis arañazos. Le importa el carácter de mis hematomas y la profundidad de mis ojeras. Le importa que me hayan meado en la cara y le importa que no haya visto el mar.
A mí lo único que me importa es que desde que la amo, el mes tiene más de diecisiete sábados.
gracias, me acabo de estrenar en esta página aún no sé muy bien cómo va a ver si me pongo las pilas. Esto anima bastante..