Mochi y Mocha
Mochi y Mocha habían compartido tiempos difíciles en el pasado. Habían absorbido toda clase de sustancias líquidas y no tan líquidas. Habían pasado de edificio en edificio la mayor parte de su vida y en ocasiones parte de los exteriores que distaban de sus armarios. Habían hecho trabajos sucios y muy duros durante su existencia tan arrastrada pero útil para los demás. A estas alturas de su vida casi le quedaban quizás unos diez o doce tiras de Vileda en sus cabelleras y presentían un final catastrófico. Mochi era la más aventajada porqué su cuerpo era de titanio fino pero su cabello absorbente se desprendía con facilidad, mientras que Mocha tenía un cuerpo de aluminio pero disponía de una quijotera favorecida por muchísimas tiras absorbentes.
Se conocieron en un charco de la calle Sarriá una mañana de grandes lluvias Mocha xucló todo el agua del badén de la entrada principal del portal de las oficinas, tras muchos va y venes al cubo de aclarar. Mochi simplemente dio el toque final que hace que las inundaciones, charcos y otras catástrofes acuáticas se conviertan en un terrible recuerdo para el portero del edificio.
Automáticamente se convirtieron en la pareja perfecta Mocha absorbía mientras que Mochi daba el toque perfecto.
Como toda existencia normal para seres no humanos el tiempo las galardonaba con ascensiones de prestigio y poder. El buen trabajo era remunerado con subidas de categoría.
Ambas, siempre en compañía, iban subiendo a otros pisos donde se requería de sus servicios; del portal pasaron al gran ascensor de hierro que cargaba con los abogados de la planta undécima del edificio, del ascensor pasaron a disposición de los
Administrativos, de los oficinistas pasaron al bufete de abogados, no sin antes pasar por el purgatorio durante largo tiempo. La consulta veterinaria del señor Andréu. Dónde se amontonaban perros y gatos citados para ser desparasitados, vacunados y castrados para comodidad de sus amos. Los pobres animales inocentes llevados allí en contra de su voluntad eran víctimas en numerosas ocasiones de los descontroles de esfínteres debido al tamaño de los bisturís del doctor Andréu, tan horribles como imprescindibles, para llevar a cabo el deseo de sus dueños.
Que si una meada de un gato de angora, que si un vómito de bóxer, que si unos moquitos de caniche, que si una manada de pulgas huyendo de un chimpancé. Estos y algunos más fueron las tareas de nuestras bienaventuradas fregonas durante más de un año.
De tal neurosis Mocha se arrancó todos los pelos de la cabeza y Mochi se oxidó de tanto dolor. Las confiscaron y las metieron en un cuarto oscuro del undécimo piso dejándolas así en el olvido lúgubre de aquel lugar. El olor a orín y humedad las obligaron a olvidarse de sus principios absorbentes y se sumergieron día y noche en abundante agua y espuma que les devolvió el lustre. Con ayuda de vinagre, amoniaco y una gran dosis de desodorante Don Limpio recuperaron fuerzas, energía y vigor. Se hicieron las dueñas del cuarto oscuro y chupito a chupito se corrieron grandes juergas de lejía y Xampa.
El Xampa era demasiado fuerte para ellas y cuando lo tomaban en exceso se soltaban el pelo y soñaban en voz alta que limpiaban grandes salones de mármol.
Pasó el tiempo y se hicieron obras en el edificio reconstruyendo la sala de juicios del piso superior.
La instancia se abría con dos grandes portones ingleses hechos de roble canadiense, los pomos eran de plata y cada puerta media más de dos metros de altura. Al abrir ambas puertas el sol cegaba con un brillo intenso que filtrado por las cortinas blancas que colgaban de las más de seis ventanas góticas de la sala aumentaba aún más ,si cabe, los destellos de luz. Los bancos, también de roble estaban situados bajo una lámpara de tintineantes cristales que semejaban diamantes al trasluz.
El suelo era lo más increíble de todo. Mármol blanco puro, sin tallas ni enjutas, ni nada que sospechara que lo hubiera colocado la mano del hombre obrero. Si no más bien colocado por algún séquito de Ángeles de Preexcíteles diseñados por el mismísimo Miguel Ángel.
Mochi y Mocha pasaron a formar guardia en el salón principal del juzgado. Extasiadas al contemplar semejante superficie misericordiosa no dejaban de ir de aquí para allá quitando los más mínimos rastros de imperfección que osará acercarse al blanco nácar.
Se colocaron como dos figuras de poder, justo a la entrada junto a los portones de roble. Parecían dos bobees de Inglaterra, erguidas, soberbias y orgullosas olvidaron con la rapidez del rayo los tiempos de gatos y perros que habían pasado. Esta era su recompensa.
Como guardianas del lugar decidieron crear unas normas de selección para quien distorsionara la armonía de la sala. Vetaron el paso a todo calzado provisto de restos de barro, suciedad, agua o cualquier síntoma de impureza que perturbara aquella armonía. Por el contrario si asomaba un calzado limpio, aseado, impoluto y reluciente no dudaban en ceder el paso.
Cada vez eran menos los calzados que tenían derecho a entrar en este lugar. Los limpios y puros entraban, mientras que los sucios e impuros no.
Ellas se volvieron holgazanas porqué apenas limpiaban nada de nada. Eran cómodas y gandulas y volvieron a engancharse al Xampa por aburrimiento. En más de una ocasión perdían la cabeza y eran amonestadas con importantes sanciones en sus expedientes.
El portero subió en el ascensor con su mono de tirantes azul desgastado. Se dirigía al duodécimo piso un día de mucha lluvia. Se acercó a Mochi y a Mocha de forma discreta pero directa y sin más preámbulos ni explicación les separó el cuerpo de sus secas melenas. Con los cuerpos en sus manos sustituyó las cabezas por otras más anchas y estilizadas con grandes pelanas de algodón y las dejó colocadas en el mismo lugar de guardia.
Cogió las cabezas juntas en su mano y las declaró inservibles por aquel insoportable olor a Xampa que no se quitaba con ningún disolvente.