Tenía los ojos pequeños como dos cagarrutas de koala, ojos impúpilares, de un azul neutro capaz de transmitir todo el dolor y la frustración de más de una adolescencia traumática. Ninguna inquietud, ningún anhelo, ningún interés por saber qué pasaba al otro lado de la puerta de su casa, cero síntomas de vida. Tan sólo el anhelo de compartir el sofá con un hombre por el resto de la vida. Un mequetrefe que le diera un hijo para adherirlo a su modo de vida triste, monótono y marrón. Un niño con óxido en las venas era lo que insinuaba a cada hombre que conocía.
Con la suerte envenenada de quién no quiere reprochar nada al destino, acepté con resignación la llegada de su presencia al bloque del pipi can donde residía. En principio asombro y simpatía por la recién llegada, en transcurso indiferencia y educación y al final fui presa de mi resignación.
Mientras vivían juntos, nosotros y todos los perros de la comunidad estábamos tranquilos, pero cuando aquel novio suyo no quiso confundirse más con el sillón y decidió independizarse e indagar qué cosa había tras la puerta y los trapos de cocina. Los aullidos de perros y vecinos auguraban un mal futuro. Esa mujer irradiaba odio.
El esperpento nos acorralaba.
Las dos cagarrutas azul neutro desprendían agua a mansalva que desendulzaban aún más las facciones de su rostro, siempre estaba llorando, siempre quejándose, continuamente lamentando la ausencia de su compañero de butaca. ¿Cómo es posible, que tenga interés por cruzar el umbral, cómo es posible, que quiera vivir sin mí, qué hay más interesante que yo, que mi persona, que mis trapos, que mi cocina? ¿Cómo es posible que me haya suplantado por la tecnología de un reproductor de MP3, por un Discman, por unos CDS? ¿Qué le dan esos chismes, que yo no pueda darle? ¿Acaso le ofrecerán pasteles, besos o panallets?
De tanto lamentarse y tanto lagrimeo, las pupilas emigraron a un escaparate de la calle Balmes siendo sustituidas por un color blanquecino de niebla gris polar.
Cada vez que la mirabas perdías un pedazo de juventud, te absorbía en un embudo acre de desazón, te hacía olvidar los motivos de vivir y el equilibrio de tu ecuación vital se transformaba en un logaritmo sin solución.
Te arrastraba con su ira, su incomprensión, eran los ojos de la nada el ‘’ horror vacui’’ enmarcados entre pestañas húmedas. Si te detenías más de lo indicado en mirar podías volverte de musgo y sal. Solo estabas a salvo cerca de su sillón, donde estaba tranquila, apaciguada, cómoda e inofensiva. Cualquier alejamiento más de la cuenta era una amenaza para ella, una psicosis, un: ¡He perdido el rumbo! ¡Fuego! a los teóricos que alardean de curiosear por ahí, de divertirse, de inmunizarse al miedo amenazador de un mundo injusto, un lugar peligroso e inseguro para las almas que se creen libres.
Yo huía de su presencia, adelgacé cinco kilos de desazón por estar junto a ella haciendo de buena cristiana: escuchando, poniendo la otra mejilla, teniendo empatía, introduciéndome en un mundo de llagas e incomprensión dónde era ella la buena, la sufridora, la bien encaminada, la hacedora de crocanti, la perfecta compañera, la superlativa madre, la embelesada amante. La perfecta casada.
Me cobijé en las calles de pis y zotal de nuestro barrio, mientras contemplaba cómo los perros adoptaban formas de zepelling y bombas nucleares. ¿Dónde estaban los animales del Pede gripan? ¿Dónde estaban los amigos fieles que movían la cola de lado a lado y no de arriba abajo? ¿Dónde estaban aquellos animales que hacen más claras las diferencias entre el domador y el domado? ¿Dónde están las siete diferencias entre el civilizado y el que no lo es?
Todos empezaban a deformarse y a convertirse en bestias de ojos nebulosos, muestras de taxidermia con algo de vida azul neutra.
Con el transcurso de los meses, ella iba encorvándose y empequeñeciendo hasta quedarse canija del todo. El cuerpo se le quedó pequeñito a razón del tamaño de su cerebro sofaleño. Canija de rabia empezó a buscar novio por doquier, en discotecas, pubs, salas de fiesta fruterías, quioscos, pescaderías, anuncios de periódico, chats, dentro de botellas abandonadas en el mar, dentro del envoltorio del Nescafé, dentro de los huevos Kinder, dentro de los barcos de miniatura, bajo los escombros del Carmelo, bajo los raíles del tren, tras los armarios empotrados, en las alcachofas de la goma del butano, en el “rasca y gana”, en los posos del café. Cuanto más buscaba, más se aferraba a su dolor, más se desesperaba, más reivindicaba su derecho a ser feliz, más te exigía que la compadecieras, que la entendieras. Que te metieras tu felicidad por algún orificio inocuo para que ella no pudiera sentirla ni envidiarla y regocijarse en las penurias de su existencia.
Siguió escarbando hasta que empezó a buscarlo en niños que aún no hubiesen nacido, hijos de la apatía, en vástagos adolescentes e inocentes, en pequeñas criaturas, sobrinos, primos o hermanos. Incluso empezó a mirar de soslayo en las barrigas de las embarazadas. Si tenía amigas que estaban de más de cuatro meses, las acosaba hasta que se enteraba de que sería una niña, no sin antes cerciorarse de que la futura madre no mentía, ni ocultaba la venida al mundo de un santo varón.
Las perseguía con disimulo a las consultas del ginecólogo cuando les dictaminaban el sexo del feto.
Fingía que pasaba por allí con el único fin de calmar su sed enfermiza de amor conyugal disfrazada de simpatía y preocupación por la buena esperanza.
Cogió su desesperación bajo el brazo y se instaló en los hospitales en busca de nuevos bebés incorruptibles a las tecnologías y otras inquietudes.
Ella se sentía con el derecho irreprochable de ser amada y de conseguir lo que buscaba saltándose todos los tratados de ética y moral escritos por machistas como Aristóteles, que nada saben del amor de una mujer.
Su nerviosismo rozaba lo patético.
Buscaba varones fértiles inapetentes de experiencias, aquellos que estén tocados por el halo de la indiferencia, esos eran sus favoritos. Aquellos que no tuvieran el más mínimo interés ni por la vida ni por la muerte. Aquellos que no tuvieran el gen de la curiosidad. Aquellos que lo mismo les diera ocho que ochenta. Aquellos que tuvieran cuerpo de tresillo.
Igual que un ser de ultratumba esperaba en los paritorios una señal que la hiciera saber qué aquel era su hombre. Una prolongación de ella, un ser insignificante que no tuviera ningún interés por alejarse de una butaca, que no mostrara resistencia a la pasividad, que no hablara por no pecar. Alguien que comiera y viviera por rutina.
Cada vez que su cerebro pintaba la idea, se le iluminaba el cráneo de verde niebla esparciéndose de arriba abajo, emitiendo un olor a azufre y mimbre.
En el rincón de la sala de espera esperaba una señal:
Una mujer entró en la sala con las rodillas hinchadas y desprendiendo líquido amniótico por los tobillos. Con un transistor japonés pegado en la oreja y la tranquilidad más espasmosa del mundo, la mujer estaba a punto de dar a luz en el ascensor.
La verde niebla se esparcía en gorgojos de alegría y esperanza.
Enfermeras y comadronas bajaron corriendo en su busca con el suero a cuestas y epidural en mano. Pero la parturienta ni se inmutó, ni hizo ningún gesto de preocupación, ni sobresalto. Ella misma interrumpió su propio parto, cerró las piernas con fuerza y cambió el dial de su radio de bolsillo. Se oponía a parir y hacía fuerza hacía sus adentros. Hacía un interior oscuro y perturbado.
El camillero y dos de sus ayudantes sudorosos la cogieron y la dispensaron en una camilla, mientras apretaban el botón de la tercera planta.
La paciente dijo que no daría a luz, que no haría ningún esfuerzo para traer un ser vivo a este mundo cruel y malvado.
Poco le importaba a ella que el recién nacido viviera o muriera, ella solo quería descansar.
Sin soltar el transistor japonés gritaba que estaba cansada. Se desgarraba las cuerdas en más de un murmuro de desprecio hacia la vida y odas hacia la muerte no solo odiaba la vida si no que ansiaba la muerte y despreciaba todo lo vivo. No quería ser el albergue de un embrión de vida.
Ella siempre había pensado que estaba muerta o por lo menos decía no sentir nada, vivía creyendo que no estaba viva.
Sin salir de su asombro el personal médico accedió a sus peticiones sin rechistar y decidieron no forzar el parto.
Tres días después nació un bebé varón que ni sentía ni padecía, ni lloraba, ni gemía, ni comía, ni bebía.
Nació con ojeras y cansado, nació a desgana, sin entusiasmo por haber traspasado la frontera intrauterina.
Tal vez porqué conocía su destino.
Tenía color de moqueta apaleada que recordaba a los platos de reality show americanos.
El niño olía a acero y a cinc. Olor que se entremezclaba con azufre y mimbre de la esquina de un mullido diván.
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