Hace unos años, Michael Jackson era un cantante de alto prestigio y yo un mago de cartas de las Vegas. Lo conocí una noche en una cena de alto postín. El anfitrión me debía dinero de unas actuaciones de magia que hice en varias comuniones, no había ningún problema. Pero cuando empecé a notar que no me pagaría me apresuré a llegar a un acuerdo con él, así él solventaría la deuda y así yo despejaría mi duda. Quedamos en que cobraría ese dinero en especie; o sea en banquetes, cerveza y pinchos morunos.
El señor Limbo esta solo y yo también. Es un faquir algo negro y mal oliente no por ser negro sino porqué bebía gasolina sin parar. Estaba pasando unos días en la casa para cobrarse también las deudas de unas actuaciones suyas.
Cuando la fiesta empezó a ser un rollo, Limbo y yo empezamos a hacer de las nuestras. Yo empecé sacando mis naipes mágicos y haciendo el juego majestuoso de las tres cartas. Lo elegí expresamente por Michael, porqué como él no entendía nada de español y yo soy muy perspicaz para esas cosas, decidí hacer que el juego fuera gestual y así no era necesario, que ni él ni yo, ni nadie de aquella fiesta rollo entendiera nada de los adjetivos, sustantivos y todo eso que suelen molestar a un mago de mi calibre. El juego de las tres cartas siempre ha sido mi favorito y todos, incluido Michael, quedaron asombrados. Se marcó un gritó de esos que el hace cuando va con sus amigos zombis y hizo un gesto como de pantomima, para que hiciera más juegos. Yo que soy no poco modesto, empecé a coger relojes de la muchedumbre casta allí presente y los hice desaparecer sin más preámbulos. De la emoción que producía mi prestidigitación Michael empezó a beber más ponche de lo normal y empezaba a cambiar de color y de olor. Olía mal, no porqué fuera negro (hablo de hace años) sino porqué apestaba a alcohol.
Limbo que estaba en el limbo al contemplar anonadado lo que mis manos sin lavar eran capaces de hacer. Decidió hacerme sombra, a pesar de que yo me percataba de la situación.
Empezó a comerse las copas de cristal de bohemia de la mesa tanto si estaban vacías como llenas. Después hizo de dragón molestando terriblemente a un camarero con pajarita que también estaba allí para cobrarse algunos servicios que le debían. Para evitar desazones, yo improvisé un juego maravilloso de Rene Lavan “la carta pensada”. Me aplaudían sin cesar. A un hombre se le cayó el peluquín de tanta excitación y un perrito con flequillo que se acurrucaba en un sofá fue víctima de un ataque de epilepsia. Cuanto más éxito tenía yo, más botellas ingería Limbo.
Limbo estaba negro de envidia y Michael, blanco de la emoción.
-Ahora el más difícil todavía, voy a hacer desaparecer yo mismo, sin necesidad de cortinas, ni efectos visuales, ni truco alguno, al más estilo Houdini.
Esta técnica la aprendí en los casinos de las Vegas y en los hoteles cuando empecé a comprobar que las tarifas no estaban hechas para mí.
Me sentía como David Coperffield, pero sin Claudia Shiffer.
Limbo se encaramó a una de esas lámparas de cristales y se la empezó a comer de abajo a arriba tragando sin parar y sin aditivo alguno. Yo estaba estupefacto. Y el anfitrión también. Yo pensé para mis adentros que seguramente tampoco la habría pagado. Así que continué con mi número de desaparición.
Para tal industria necesitaba la colaboración de todos y les pedí que se taparan los ojos solo unos segundos. Paró la música y justo en ese preciso instante el perro del flequillo musitó algo parecido a una onomatopeya que quería decir, (en su idioma claro está.) - ¡Me muero, Ah me muero!
Cuando todos estaban listos para el número, Limbo ya se había comido la lámpara entera y solo le quedaba la bombilla. Cosa que a mi me venía a pelo para desaparecer. Les pedí en varios idiomas, porqué la gente de alta alcurnia ya se sabe…. Que podían quitarse las manos de los ojos y que me mirarán fijamente a los ojos.
En ese momento Limbo se comió la bombilla y la oscuridad se hizo en la sala.
Limbo y yo salimos por la ventana de la cocina, con todos los Rolex y las joyas de aquellos que no pueden ver en las tinieblas porque supuestamente no provienen de ellas. No sin antes incinerar con una bocanada del aliento de Limbo al perro agonizante y yaciente del flequillo. Como el peluquín del hombre asombrado estaba junto al animal no tardó en propagarse un incendio de ¡Aupa!
Incendio que no se hubiera propagado de no ser por lo quemados que estábamos por no cobrar nunca de manera cristiana nuestro trabajo en multitud de comuniones, bodas y eventos no culturales de familias nacidas entre algodones. El algodón no engaña, pero arde…
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