Querido Diario

Querido diario: sabes lo mucho que me cuesta escribir, sobre todo si escribo en un ladrillo, pues ya sabes que mi padre me ha prohibido escribir en tus páginas, pero como no me ha mostrado su negativa, por el momento, a escribir sobre otras materias primas, le he cogido la palabra o mejor dicho me he acogido al silencio. Sabes cuanto me gusta hacerlo a pesar del dolor que siento después, sabes que escribir sobre chinchetas me cuesta cada día más, pero lo sigo intentando. Escribo por encima de todo. Por encima de los árboles, por encima de los autobuses, sobre los terrados, sobre los gorros de invierno y las calvas de verano. Eso si que es difícil de verdad, parece ser que estos seres con pizarras al sol están compinchazos con mi padre y no aprecian el arte del que he sido dotada. Yo quiero escribir, es lo único que sé hacer, tú lo sabes mejor que nadie. Perdón, voy a por otro ladrillo.

Mi padre trabaja en una obra, no creo que se dé cuenta que sus tochos estás llenos de mis letras, ¿pero qué puedo hacer?, él siempre me dice que me adapte a la realidad y eso es lo que estoy haciendo. Siempre me dice que debo construirme un futuro.

No hace falta que te jure que quisiera que mis palabras fueran las más ingeniosas que pudieran imaginarse. Pero no he podido contrarrestar la estupidez que me ha dado la naturaleza. ¿Qué podría crear la imaginación de una niña de diez años que además de ser pequeña no tiene imaginación?

Escribo porque me aburro, porque mis pensamientos se los tengo que contar a alguien, todo empezó por la curiosidad, como todo en la vida. El ginecólogo de mi madre se llenó de estupor al comprobar en las ecografías de los seis meses como se veían letras, desordenadas, por supuesto, pero letras.

-Señora tengo que decirle algo: es una niña… Permítame una pregunta:¿ Usted come letras, siento decirle que su placenta está llena de letras, no es que sea algo malo pero no es nada habitual.

-¿Es contagioso? Preguntó mi madre.

Parece ser que con la tinta de calamares en salsa que ingería mi madre y los palitos de cangrejo me confeccioné una pluma estilográfica intrauterina. Debía sufrir una especie de ataque literario debido a esa soledad tan acuosa.

Un momento, voy a por una bisagra que aquí ya no se puede escribir más.

El caso es que parece ser, que al salir al exterior los oídos se me llenaron de ruido que provocó una amnesia tan grande que me olvidé de las letras hasta cumplido los seis o siete años. Retomé el ejercicio y desde entonces no recuerdo los tiempos en que no escribía, total que mi existencia se cuenta a partir de la confección métrica. Es una manera absurda de recortarse la vida en el espacio y en el tiempo. Pero más absurdo me parece la reprobación de mi padre que tiene contra mis prácticas. Dice que tengo la cabeza llena de aserrín almizclero, no hace más que comprarme muñecas que les crece el pelo sin ninguna explicación, o que traen zapatos de más para que esté todo el día cambiándoles el calzado sin fuste alguno. Cree que es una buena instrucción en la vida, que eso hará de mí una gran persona. Yo no entiendo ese afán zapatero que tiene, ni esa rabia que arremete con fuego sobre mis diarios escritos desde hace años.

-Esta niña está como un cencerro, no tiene más que poesía en la cabeza, eso no le dará de comer. Más vale que se emplee en algún oficio de provecho. Las letras no le llenaran el estómago.

Yo estaba convencida de qué se equivocaba, si algún día conseguí llenar una placenta de letras por qué no iba a pasar lo mismo con el estómago. Por lo pronto mi padre nos prohibió la ingesta de sopa de letras como causa contraproducente para sus motivos de padre adepto. Seguía trayendo a casa cabezas huecas con ojos azules y de gran cabellera para que yo hiciera y deshiciera trenzas, pues ese debía ser a sus ojos el comportamiento normal de una niña de mi edad.

El colmo de su enfado llegó cuando inauguraron una depuradora de agua en las afueras de la ciudad, al retirar el enorme plástico que la cubría, el alcalde y la constructora el día de la inauguración se quedaron pasmados al comprobar que el depósito estaba lleno de frases extraídas, a conciencia, de la novela del Perfume. Frases que describían olores que nada tenían que ver con el olor que allí emanaba. Pero sin querer esas letras leídas en una ciénaga de estiércol como aquella, tenían el poder de; no solo disimular el olor si no de entrar en la mente de los allí presentes y transformar sus narices en un paraíso de perfumes, con ausencia de flores o artificio químico. Por supuesto el mérito no era mío porqué las palabras no las había inventado yo. Pero creo que el acierto del lugar donde escribir sobrepasó mis expectativas. Mi padre me tomó por una saboteadora de sus proyectos y su trabajo, pero el responsable de que yo escribiera por ahí en lugares inhóspitos era él. Porqué me había prohibido escribir en un diario. Él ignoraba la contraproducencia que supondría todo eso. Porqué me dediqué a escribir sobre toda superficie que se prestara. En especial en las que construía él. Así con los años y mi aspecto de renacuajillo, me colaba en todos los edificios y escribía lo que se me antojaba. Escribí sobre todas las cabezas de ojos azules que llegaban a casa, sobre las púpilas de aquellas cavidades sin mirada, sobre las trenzas destensadas. En principio me especialicé en edificíos y después me especialicé en cuerpos inertes de personas. Sobre todo en aquellas grises que tenían la misma mirada que mis múñecas.

Un momento, se acaba la bisagra voy por una palomilla.

Si las personas tenían superficíe plana ausente de cabello, todo era más fácil, pero si no, tenía que acudir a la improvisación. Me era más fácil escribir mientras estaban parados que en movimiento pero no era inconveniente para mí que andaran o corrieran.Debo confesar que durante este tiempo adquirí bastante tono múscular. De tanto cabalgar a las espaldas y tibias de algunos corredores de élite, me disloqué un hombro y acabé en el hospital. Allí descubrí la genialidad de la horizontalidad y lo fácil que era para mí, ya curtida en la matería escribir sobre escayola. Así que me recorrí todas las habitaciones de accidentados y puse poesías y cuentos en los miembros mates de los cuerpos de mis compañeros de suerte accidentada. La sala de pacientes que querían adelgazar y deshacerse de sus barrigas se redujo a la mitad. Eso sí que era espacío, podía escribir libros y libros enteros de prosa o verso. Muchos quedaban tan encantados que se olvidaban de la ídea de quitarse las barrigas pues perderían los manuscritos de todo lo que había escrito. Ellos estaban contentos y yo aún más. Se pusieron tan contentos que me hicieron un regalo. Me regalaron un diarío, un diarío en blanco para que escribiera y escribiera sin temor a hacer cosquillas o a dislocarme con algunas de mis posturas inverosímiles que adoptaba para garabatear. Muy contenta en un principío, inspirada y animada a empezar a transcribir las cosas sobre el papel me dí cuenta que no podía porqué, perdón, un momento me he quedado sin espacio para escrib